Este es el resultado de una larga observación a un mundo que existió por lo menos para mí, y que debe ser erradicado y reventado como la frágil esfera de jabón que es…
I. Somos ratas meneando nuestras cabezas al son de la academia, curiosas por saber siempre qué se encuentra al final de ese laberinto trazado por quienes nos dominan. ¡Y no nos cansamos! Masoquistas ratas que gozan el despellejo del conocimiento. Nos desollan con la esperanza que nos da poder saber algo que otro no. ¿Para qué? No he podido responderme, ese queso oloroso que se aposenta al otro lado del laberinto me sigue llevando, mueve mi cuerpo, pero no mi espíritu, y gradualmente mi mente quita la mirada de esa espiral hipnotizante.
La mente, esa mente de la que hablé, numerosas veces me dejó inmóvil, a punto de llanto, lleno de melancolía y desasosiego. No me comprendo, busco taladrar las paredes de este laberinto, romper los muros; no para llegar más rápido al final, no, no quiero ser recompensado, tan sólo quiero salir de esto. Esas ratas me lo impiden, como una gran estampida, me empujan incesantemente, se tropiezan, no notan los caminos ciegos del laberinto, se estrellan, se lamentan, culpan al destino y se levantan. Paupérrimo, pero más aún, pretender luchar contra semejante corriente.
II. Oh, sinsabor, insípida sensación que recorre mi cuerpo, ver a mis otras ratas correteando por los infinitos corredores de la existencia. Por poco convenciéndome de cual lucha fuera la mejor de todas, pues el bienestar de la raza me espera con el epitafio de hipocresía, dentro del cementerio de las causas eficientes, de las logias unificantes y los valles altruistas. Que aunque el escepticismo parece maternal, la bella retórica, la que viene del vientre y no del cráneo, danza frente a nosotros como las cascadas caderas de la arábica seda, y como sol resplandeciente ilumina los muros; proyectando manantiales y oasis, todo para el disfrute del trabajo en equipo y humano.
III. Junto a la ventana del recinto en que tragaba los sonidos de la catedrática, gotas eran las ventanas dentro de las ventanas ensuciadas por el aliento de los sucios intelectuales, y como en la prisión, contemplaba al mundo pacífico humedecerse en la tristeza de las batallas perdidas. Huía de la extrañez de la ignorancia y mis anhelos cobraban vida al ver las ondas en los charcos.
Esas voces, esas voces impías que penetran mi mente y me confunden. Ahora quiero revivir en el chasqueo del agua. No hay corifeos, no hay regocijo, no hay algarabía, en el mejor sentido, no había nadie. Soy libre cuando llueve, cuando los demás corren asustados por sus vidas, porque sus ropas se encojen, porque los virus trabajan.
El mundo adopta un tono grisáceo, mis lentes tornan un filtro gris para verlo. Ellos, fantasmas de color que desaparecen en las tinieblas de la fuerte lluvia, se refugian en madrigueras de amor y alegría.
Mediante el goteo que retumba el asfalto, segundos perezosos transcurren en las madrigueras, evocando orgías de ocio, mirando las agujas, y las ratas fornican sus mentes pese a que el mundo les espera en feliz gris.
¡Estoy afuera! Soy una puta libre, desnuda, gritando negro y marrón. El frío me tiene miedo, resulta cobarde cuando se ahora desde los platanales, mi piel siente el cosquilleo del prado y me excito a medida que me revuelco en el campus.
¡Magnicidios! Son cometidos en las madrigueras, como al nazareno, apuñalamos nuestros voceros quienes vivieron por nosotros. Dejé de ser meretriz, ya mi cuerpo no es parte de ningún proxeneta que me venda por conocimiento, el sexo me ha hastiado, el semen ya me resulta tóxico como el ácido.
Las ventanas se despejaron, y veo las ratas sentadas cuando sus vidas parecieran seguir adelante. Las miro, sus mentes siguen cansadas de la penetración, sus colas asquerosas se agitan al unísono de la revolución. Como puta me harté de esa vacua vida, el bien se desfiguró junto al mal cuando suplicaba por mis esperanzas, después de haberlo sentido, el césped me satisface más que los tonos dulces de la unión hipócrita. Vísceras avisto yo desde el mundo, enardecen de sus malolientes bocas los intestinos rojos que gritan por un mejor mañana. Me río. Me elevo donde el gris se transforma en negro. Donde la celebración estival de las ratas es ridícula. Donde se respira ese aire pesado y puro del asesino de Dios.
Una crítica a la felicidad
Sí, probablemente lo haga en un estado en que no debo ni creo sentir la felicidad en lo absoluto, escucho mi pasado hablarme en la voz de Kurt Cobain y ciertos flashbacks me remontan a aquél momento en que me balanceaba en la ventana de mi apartamento en un sexto piso, sólo para sentir la vida pasar en una explosión craneal.
Y sí, me inspiro en todos ustedes, personas felices a las que va dirigido este escrito que aunque corto, está lleno con la hasta ahora más pura sensación de mi cuerpo: mi odio.
Esta es una pequeña muestra de lo que siento, eso que todos ustedes tanto aprecian y que yo con el paso del tiempo aprendí a despreciar, pues desde un tiempo no muy remoto considero más valioso el pensamiento y la razón que la emoción, considéreseme un extraño en tierras prohibidas, un extraterrestre o tan sólo un condenado.
Me he dado cuenta de algo: el ser feliz, consiste en una suerte de no interrogarse, más que por trascendencias que consideramos inherentes a nosotros. Estos cuestionamientos, en contravía al método de cuestionamiento habitual, no nos han de preocupar, si se quiere, no nos han de molestar, o causar un estado de desasosiego.
“Piensa menos, siente más” No sé en qué momento dejamos de prestarle tanta importancia al pensamiento, lo digo porque soy uno de los más acérrimos defensores de la actividad reflexiva, admiro todo en cuanto bello y verdadero, lo hago con instrumentos magistrales como el de la lógica y el discurso. Esa experiencia fáctica de la vida que Heidegger describió hasta la saciedad me llama, y me llama para decirles a ustedes, a quien quiera que se tope con esta infortunada carta, que la felicidad no debe ser el logro ético por alcanzar, y mucho menos será la herramienta que encamine nuestro ser por derroteros artificiosos e ilusorios.
Suena gracioso, y algo quejumbroso, tomando además el hecho de mi juventud, y mi probable “ceguera” en el mundo. Sin embargo, me convenzo cada día de que no hay nada en lo cual convencerse, y no me tomen por nihilista o cualquiera de las etiquetas puestas por los amantes de las categorías, vivo como nadie el vértigo de enfrentarme a la vida besando a la muerte, por ello me apasiona la filosofía y la pregunta por el ser. ¿Realmente habrá esa voluntad o fuerza que nos motive en la vida?
Muchos responden afirmativamente, o negativamente, pero responden. Dirán que hay alma o buenas intenciones, acciones, amor, felicidad o dinero y bienes materiales, dirán que todo es una demostración de la naturaleza adaptable a intrincadas fórmulas, a geometrías sagradas que enaltecen un espíritu creativo y curioso. El bien, como causa final y efectiva de la existencia, incluso muchos de los griegos que tanto admiro lo contemplaron. Pero los tiempos son otros y soy el bastardo de personas como Nietzsche, Schopenhauer, Kafka y en especial Heidegger. Que no han sido quizá los grandes descubridores del mundo, aunque, desde mi perspectiva creada por sus textos, han sido para mí, el margen de error en una existencia arrojada y sin sentido, tendiente a la caída y a la opinión como la es la mía, y las suyas también.
Ha tiempo en que busqué respuesta en la misma acción de la negación, en la contracorriente, pero la encontré y la vi mucho más desgraciada que la vida resuelta y viable. ¿Qué ser entonces? ¿Ser? Hamlet lo dijo hace unos siglos. Cómo lanzarme a la respuesta del “cómo ser” si no tengo “qué” Es por ello que dentro de la lógica que me ha mantenido vivo y quizá engañado a lo largo de mi existencia no puedo comprender la situación en la que están todos ustedes, seres de lo alegre.
Este escrito no es fácil para mí, debo mantener aislado el deseo de manifestar improperios y jugar suciamente a eso que juegan todos los humanos, debo ser frío como el verdugo que ejecuta a los condenados, debo exponer con argumentos, como todo lo válido y apreciable en este mundo de letras y caras que responden a títulos y doctorados.
Jugar con la seriedad de un niño.
Les cuento que las ansias de poder seguir desarrollando un discurso se ven obstruidas cuando el problema es de la razón, son tantos los esfuerzos que realiza mi mente para comprender, para realizar la hermenéutica de ustedes, pero aclararé un punto que me tiene inquieto y seguramente a ustedes también, la trascendencia. Recuerdo alguna vez una joven, quien motivada por exponer sus deseos y expectativas de una clase, vinculó la filosofía con lo trascendente. ¿El acto de filosofar, es propio del actuar trascendental? ¿Qué es trascendental?
No haré gala de un lenguaje confuso, en eso me distingo de un intelectual al que irónicamente la vida también le ha sido resuelta, así sea por su ego. Trascendental es vinculado mucho con lo no perceptual, pero no sólo es el aire que no vemos, sin ánimos de ser vitalista, es la fuerza que adquieren los seres para precisamente “ser”. Aquí encuentro un gran obstáculo, el de la abstracción. A través de muchas culturas y épocas hemos creado los caminos para hacerlo, sean las drogas, la meditación, el arte, el sexo, la religión entre muchos otros métodos. No es un dilema reciente, es un problema que atiende Platón mejor que nadie con su mundo de las ideas, donde es menester desvincular la percepción del intelecto para poder aprehender la verdad.
Ya no lo creo así, Dios ha muerto, la metafísica que tanto defendemos, se ha desvanecido junto con la idea de humano, y es sumamente problemático, por ello considero que hoy día nos enfrentamos a una más difícil existencia, donde habitan seres como ustedes y como yo. Donde la filosofía se mantiene cuestionándolo todo, insatisfecha, brindando a mentes como la mía el vértigo de una existencia. Luego se suscita otro problema, y este me atañe a mí, ¿cómo llegué a concebir esto?
Responderé brevemente a ello, no lo hubiera hecho de no ser porque más que nadie sé que soy humano, y que debo lidiar con esa condición así como con la muerte. Es una rectificación de un pensamiento que vive anterior a Sócrates, pese a todo, fue en él en quien lo admiré por primera vez. Una vez condenado a la muerte por su comunidad y negado por las personas que le amaban, fue el primer defensor de una existencia en la ignorancia, por ello mismo, lo considero sabio entre todos, pues era el único que poseía tal conocimiento, el de saber que es imposible el saber, y que todas esas cosas que sabemos se mantienen en un vaivén de creencias, presentadas como la fe de un conocimiento común a todos, las virtudes, ante todo, que se creían adquiridas por aquellos que arbitrariamente se disponían a saberlas. Más de dos mil años más tarde, Heidegger lo correspondería con su Dasein, la existencia ni subjetiva ni objetiva, el mundo aquí y ahora; el “ser-ahí” y la filosofía como freno a esa caída de ese ser en la publicidad del mundo. El ser como conocedor de su condición de ser, ¿saben ustedes, seres de la alegría, lo que son? Como todos, ¿creen que “son” lo que “hacen”? ¿Y su hacer no sería otro que el de la “felicidad”?
Vanagloriados sean si responden afirmativamente, tienen en sus manos la solución al problema que la humanidad nunca ha querido responder.
“No importa lo que hables, lo que veas cuando hay alcohol en tu cabeza; ni las sensaciones que causen las manos y labios de tu mujer cuando te hace el amor. El ser humano cae como un yunque sobre el Globo Terráqueo; hablar del mundo como lo que se ve, como lo que podría pensarse, como un universo infinito; el error tal vez en el que persisto, hasta en una que otra de estas líneas; ese es el mundo que entre tantas cosas pareciese ser estático: una especie de bolsa que se ha roto en el vació y ha botado infinitas cosas a un “espectro” del mismo carácter, todo se mueve dentro de él; ¿Qué necesidad tendría de moverse éste si nada lo contiene? los dínamos tal vez sean mi invención. Probablemente el mundo que no me importe sea ese espectro. Diría que vivo como la cápsula de color contenida dentro de una canica; una especie de burbuja me rodea, de diámetro variable. Giro y giro, absorbiendo “pedacitos”, tal cual se selecciona un área en un mapa; como agua derramada, esparciéndose a la deriva. Ese es el mundo que me importa, el que decida contener en mis bolsillos. Mis quereres, mis impresiones del mundo natural, mis reflexiones, las mil maneras de masturbarme; las náuseas, el dolor, los escalofríos que no siempre son de gripe. Tal vez si me importe el mundo, sólo que me animo a cambiar el diámetro de mi canica, a ser cuidadoso con lo que la corte, a seleccionar lo que le sea tangencial. Claro está sin color alguno, la prefiero translúcida, que me permita observar claramente las atrocidades que hay después de sus bordes y todas las partículas de eso que pueden entrarle. ¡Temería encerrarme en una de color púrpura!” – Alejandro Ávila (ante todos como uno de mis mejores amigos, ante mí, como un filósofo)
